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LOS ROSTROS DE LA CRISIS. Opinion de Álvaro Morales.

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Quizás porque nunca antes habíamos contemplado tan masiva llegada de inmigrantes que en calidad de refugiados nos llegan procedentes de nuestra hermana Venezuela con rostros de mendicidad, indigencia y penurias es por lo que nos encontramos asombrados y hasta confundidos por la situación de nuestros prójimos, hermanos y vecinos expatriados.

Estas diásporas de grupos humanos no son nuevas. En la antigüedad, uno de los países más victimizados con esta práctica fue Israel. Entre sus tantos exilios se cuenta el de Babilonia, y el más cruel de todos, el originado en el año 70 de nuestra era cristiana cuando Tito, el romano militar, no solo destruyó el Templo de Salomón sino que desató la más grande persecución contra los judíos y la más grande diáspora conocida de la que se dice los dispersó por más de cien países del mundo.
Según información de la ACNUR, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, unos 21,3 millones de refugiados en todo el mundo son producto de la guerra en Siria. En la lista le sigue Turquía, con 2.5 millones de asilados; Pakistán con 1.6 millones, y continúan, Irán, Jordania, Kenia, Uganda, el Congo, etc. Las cifras de Colombia, no son muy precisas, pero se habla de 1.5 millones de inmigrantes con origen en el vecino país.

Los rostros de la crisis, los rostros de mendicidad, indigencia y penurias que a diario vemos en calles y plazas de Cartagena, en semáforos, en puertas de almacenes y restaurantes, en buses y entradas a templos religiosos implorando, casi que suplicando por una ayuda o colaboración, o un “bocado” de comida, como ellos dicen, no pueden ser más desgarradores y conmovedores; y a lo que no podemos escapar para extender nuestra mano, pero también a preguntamos, ¿Qué hacer?

Ya no son nuevas las dantescas escenas que “metro a metro” observamos en las calles del Centro de la ciudad de niñas, muy tiernas chiquillas, que con sus imberbes consortes y más de un chiquillo en sus brazos ofrecen golosinas a cambio de cualquier moneda. Son los rostros de la crisis. Rostros que producen conmoción en lo más profundo de los sentimientos.

Pero nos volvemos a preguntar, ¿Qué hacer? ¿Por qué las autoridades competentes no han asumido ninguna estrategia o acción contundente para atender esta crisis?

No podemos desconocer, tampoco ignorar, que probable es que dentro de estos sufridos y expatriados vecinos se “cuelen” avispados que se valen de esta condición para optarla como una forma fácil de vivir. De que los hay, los hay.

Tampoco podemos olvidarnos de los vivos y tradicionales pedigüeños de la ciudad, esos a los que siempre les faltan 500 o mil pesos para el bus; o necesitan cinco mil para ir a firmar un contrato, o los que requieren para una fórmula médica; o el pensionado que mendiga, o los que hasta se maquillan heridas para producir conmiseración. Esos, no sólo los conocemos sino que le conocemos sus sitios de “trabajo”.

Le corresponde al gobierno atender con urgencia esta crisis, pero mientras eso sucede qué bueno que ante los vecinos inmigrantes, esos que a diario nos muestran sus rostros de mendicidad, indigencia y penurias, actuemos como lo hizo aquel hombre de la Parábola del Buen Samaritano, ese mismo que sin preguntar las razones de la agresión al judío tendido en el camino, asumió la responsabilidad de su atención médica.

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